Susi tenía miedo a su propio corazón.
Era grande, hermoso y brillante. Normalmente latía suavemente, sin
sobresaltos. Bombeaba sangre a través de su cuerpo. Le permitía
enamorarse. Querer a la gente de su alrededor. Era enorme.
En otro tiempo, el corazón de Susi
había albergado mucho miedo. Días grises en los que desperdiciaba
su cariño en forma de lágrimas cada vez que se levantaba por la
mañana. Aprendió a cortar el grifo, permitir que saliera muy
poquito, el suficiente y justo para ella misma. Pero el chorro era
escaso.
Susi pensó que jamás volvería a
abrir el grifo de nuevo. Se encerró en su nido de temores y se
centró en las partes prácticas de su vida.
Sin embargo, ahora no le ocurre eso.
Sin saber muy bien cómo, su corazón volvió a abrirse, y el cariño
salía a borbotones de éste. Empezó a regalar a todo el mundo.
Cualquier persona que se acercara obtenía un poquito, y el que se lo
merecía, algo más. No supo contenerse.
Había algunos que lo tiraban nada más
conseguirlo. Otros lo dejaban abandonado en un rincón.
Susi lo sabía, y le importaba. Por
mucho cariño que ofreciese, se acordaba de todos. De absolutamente
todos. De las cosquillas de aquel, de los escalofríos de ese. Cada
pedazo de su cariño tenía nombre y apellidos. Se acordaba de cada
sonrisa, de cada roce.
Aún así, Susi seguía dando trocitos
de su vida. Pequeños eslabones de una gran cadena que un día le
apretó el cuello y le impidió respirar.
Susi no era tonta. Susi sabía que eso
no podía ser. Que debería limitar lo que ofrecía, y ver si la
persona a la cual se lo ofrecía era digna de ello.
No importa. Susi seguirá bailando
entre las llamas de un fuego que no puede controlar y que acabará
por comérsela viva. No le importa.
No le importa.
No le importa.
A veces llora, toda esa gama de
emociones la acongojan y le hacen sentir como una niña.
No le importa, tiene que ser fuerte.
A veces percibe las cosas con tanta
intensidad que desea salir corriendo.
A veces, debería hacerlo.
A veces...