miércoles, 1 de junio de 2016

Tambor

Tres conejos tocando el tambor.

Uno lo hace marcando mucho el paso, mirando fijamente hacia delante, intentando conservar el ritmo, sin salirse ni un momento del patrón armonioso que intenta seguir, sincronizando sus pequeñas patitas con el vibrar de la piel en ellas.

El segundo sin embargo, cuyo pelaje es mucho más oscuro que el de su hermano, prefiere llevar un ritmo un poco más jazz, dejándose llevar por cada sonido de la naturaleza, golpeando con cualquiera de sus patas, incluso en algunas veces con su propia cabeza, o con cualquier cosa que se le ponga a mano.

Sin embargo, el tercero es el más torpe. Sus hermanos, algo mayores con él, tocan con técnica o con pasión, mientras que él lo hace de manera lenta, como si estuviera aprendiendo nuevos ritmos. Como si acabara de entrar a la escuela de preescolar y se entretuviera dando golpes a los cubos de plastilina.

Es tiempo de aprender de nuevo.

martes, 24 de mayo de 2016

Maldita

Ella era simplemente una chica gordezuela que solía pasearse entre las faldas de la abuela pidiéndole la merienda. A veces era pan con chocolate y otras era pan con queso.

Entonces ella no lo sabía, pero iba a cambiar el destino del mundo. Ella iba a ser la heroína que derrotara al mal en la tierra. La que haría huir a los demonios con sólo un chasquear de dedos o unas pocas palabras.

Sí, esa era ella. La que una mirada haría que toda la humanidad se arrodillara ante ella. Y no por soberbia, sino a oleadas de humildad. Ella podría con todas las enfermedades, acabaría con la pobreza, erradicar la injusticia.

Pero ella les había traicionado. Se había dejado llevar por los pequeños placeres inmediatos y había olvidado cual era el objetivo final. Derrotar al demonio. Acabar con el mal.

Y lo sabía y le reconcomía por dentro. Había olvidado su promesa. Había olvidado su sufrimiento.

Ya no era la heroína que todos esperaban.

Era su propia heroína.

domingo, 8 de mayo de 2016

Confía

La pequeña Pandora no se fía ya ni de su sombra. Hoy ha salido a dar una vuelta por el centro de la ciudad. paquete de tabaco en mano, libro de Chuck Palahniuk en la otra, música agotadora en sus oídos y un murmullo incensable en el metro. Tiene una media ahora hasta la catedral de Notre Dame, su rincón favorito de la capital francesa, y una tarde deliciosa por delante. A las orillas del Sena aposenta su enorme culo en el suelo, manchándose la falda de posos de la contaminación parisina. Allí lee.

Lee hasta que se hace de noche, mientras miles de turistas se pelean unos con los otros para salir mejor en la foto. Poco a poco los turistas empiezan a desaparecer y aparece otro tipo de personas. Decenas de estudiantes que buscan aprovechar la frescura de la noche a las orillas del Sena.

Se levanta, se sacude la horrible falda de pana y echa a andar.

Pasea mucho, mucho rato. Y por su cabeza siempre el mismo pensamiento.

La sensación de echar de menos a alguien es distinta en cada caso. La mayor parte de la gente suele tener siempre una parecida, la sensación de vacío que deja alguien cuando se va. Como una cama vacía, todavía deshecha, como un hueco en el sitio donde antes había un cepillo de dientes, o una almohada en el sofá sin usar. El silencio en el ambiente por una frase que debería haberse pronunciado, o una risa que se haría de esperar. Se echa de menos una mano en la espalda, o un rincón desocupado en la mesa.

Existe también la nostalgia de echar de menos otra cosa. El poder hacer un rollback de una historia, encontrar el punto exacto en el que las cosas todavía eran evitables. En este caso no es que se eche de menos a alguien, es que se echa de menos el no conocerlo. El no haber vivido todas las experiencias con esa persona. Con el único objetivo de no sufrir o de no seguir sufriendo.

Olvidar esa parte para darte cuenta que si lo hicieras, volverías a caer en el mismo error, porque no cuentas con la experiencia que ya has adquirido.

Panda sigue andando, sigue fumando. El sol termina por caer y ella se mete en el RER B.

lunes, 2 de mayo de 2016

La puños

La puños es la asesina más temida de todo Zaragoza. Se habla de ella como la chica invisible, la que es capaz de completar un trabajo los diez segundos en los que la víctima se da cuenta de su situación y le da tiempo a decir "qué caraj..". Tiene la inmaculada belleza de una mujer que no es bella en absoluto, pero el poder ha vuelto bella. La firmeza de sus músculos, la fiereza de sus negros ojos que clava en tu nuca y no suelta hasta que ella decide. Sus manos, siempre suaves y nunca desgastadas laten debajo de los guantes que utiliza en su miserable tarea.

La puños aparece cuando se le ofrece una suma importante por su trabajo. O cuando a ella le parece importante. Dependiendo de lo que le ofrezcas, cierra antes el pedido. A veces, te pide algún favor, en vez de dinero. Cosas que ella no es capaz. Encargos propios.

La puños es incapaz de querer a nadie que no sea su saco de boxeo. Y realmente lo quiere, aunque lo apalice tarde sí y tarde también. Porque es así como demuestra su cariño. Con violencia y pasión.

Sólo una vez desarrolló un sentimiento. Un sentimiento que la hizo cambiar, que le hizo sentir algo más que el calor y el sudor en sus músculos cuando boxeaba. Cuando mataba.

Acabó estrangulando el sentimiento con sus mismas manos. Y cuando acabó, se echó a reír, observando su cadáver y lamentándose de como una cosa tan insignificante pudiera provocarle tantos dolores de cabeza.

domingo, 24 de abril de 2016

Va de nada (II)

Señor Rana, siempre recurro a usted en momentos difíciles.

Pues mire, resultó que al aprender a cocinar, descubrí que me encantaba comer. Y claro, no te gusta comer cualquier cosa. Te gusta comer cosas exquisitas. O a veces no tan exquisitas, aunque lo puedas pensar. Mucha hamburguesa. Eso sí, con rulo de cabra y mermelada de arándanos.

Y pasó lo inevitable señor rana. Me engordé. Me engordé tonta e increíblemente, hasta el punto de pensar que jamás sería capaz de desandar el camino porque ya me lo había comido. Eso no son como las baldosas amarillas de El Mago de Oz sino más como la casita de galleta de Hansel y Gretel.

Me engordé y me di cuenta que había comido mucho dulce. Que el dulce esta bueno, ¿verdad señor Rana?, pero que hay que controlarse. Que no es oro todo lo que parece, más bien acaba siendo siempre un plátano. Un plátano a veces más maduro, que te hace ir al baño de una manera que lo flipas. Merde, que dirían los franceses.

Así que me metí a un gimnasio. Nunca había sido partidaria de estos lugares, pero le di una oportunidad.

Me di cuenta que había estado engañada todo este tiempo. Que realmente las hamburguesas no me iban a hacer feliz, que eran momentos de felicidad que luego dejaban el amargor y el mal aliento del queso. Por muy feliz que me hicieran momentáneamente, la felicidad no prevalecía.

Que merecía más la pena levantarse a las seis de la mañana y pelear por un cuerpo sano.

Pelear a diario.

Y comerte el mundo de otra manera.

jueves, 21 de abril de 2016

Más mujer

Más dura, más fuerte, más independiente. Más como Janis Joplin. Más como Patti Smith. Más como Marie Curie, más como Doro Pesch. Como Suzi Quatro o Tina Turner. Como Ada Lovelace o como Emily Noether.

Más como realmente deberías ser.

martes, 19 de abril de 2016

20 de abril

Ya hace muchos muchos años del 20 de abril del 90, sin embargo, cada año se vive de una manera distinta. Hay años que simplemente te acuerdas de la canción, lo recuerdas, te ríes con amigos y ya está. A veces te acuerdas de amigos a los que les gustaba esta canción. Otras veces no te hace falta acordarte porque están ahí.

Hoy es una fecha que me gustaría haber compartido con alguien importante, porque para esa persona era importante.

Y quizás algún pequeño regalo.

lunes, 18 de abril de 2016

Corre

Corre, vas a llegar tarde. De camino al bus, con la bolsa de la comida, la bolsa de deporte y la tantas otras bolsas que cuelgan de tus brazos y tiran de ti hacia el suelo. Pesa, pesa, pero tu continúas. Llegarás sino tarde al autobús. Y ese es un bus que no puedes perder. No es un veintitrés que luego puedas coger un cuarenta. Este bus es más  importante.

Te gustaría tirar alguna bolsa, pero no puedes. Las tienes todas bien agarradas. No piensas soltar ninguna, y quieres llegar. Se empieza a oír el autobús, se oyen los frenos porque se embala en la cuesta. Y tú corres.

¿Llegarás esta vez? ¿O soltarás alguna bolsa?

Es cuestión de ti misma.

domingo, 17 de abril de 2016

Caníbal

El caníbal no sabe que es caníbal hasta que no se le da la oportunidad. Se camufla entre las personas bajo apariencia de personal sana. Come hamburguesas, bebe cervezas y hasta come ensalada. El caníbal se ríe como todos los demás y también sufre.

Al caníbal se le presenta la oportunidad cuando ve un corazón al aire. Un pecho abierto, una voz quejumbrosa. Y decide comérselo, algunos trozos se los come en el momento, algunos más tarde. Otros decide cocinarlos, saboreándolos y aliñándolos.

Y la víctima se queda ahí, con los ojos muertos, el pecho vacío y las manos ensangrentadas al no poder encontrar nada en él.

martes, 2 de febrero de 2016

Probabilidades

Y lo peor de todo es pensar que hay tantas probabilidades de que todo vaya mal tanto en una como en otra dirección del tejado.

Pero no posibilidades.

lunes, 11 de enero de 2016

What If

Increíblemente, Brenda lleva varios meses sin sentarse en su viejo sillón. Aquel viejo sillón en el solía leer historias apasionadas acerca de valerosos muchachos. Heroínas de cuento que defendían su dignidad a capa y espada, junto a la de los suyos. Aquel sillón manchado de ketchup y lleno de trozos de patatas fritas en el cual ella se repantingaba y solía escribir con su vieja máquina historias que más adelante procedería a echar al fuego.

Esas historias a veces llenas de lágrimas de felicidad y otras llenas de sufrimiento.

Llevaba meses sin tocarlo aún a pesar de que había tenido historias para largo rato en su mente. Incrustadas en su cabeza, encerradas a cal y canto. Y nunca quietas. Siempre moviéndose, siempre gritando y agitando los grilletes que ella aprieta día sí y día también. Porque la noche más triste del año que acabó fue también la noche más feliz del siguiente. Aunque fuera una noche con un atisbo de luz y cierta calma en sus ideas, lo negro siempre vuelve, y los miedos y las dudas se apropian de ella.

Y aunque ella escribir y vomitar todas sus jaquecas en el papel, es incapaz. Porque la verdad sigue sin aparecer, y ella espera, como si fuera algo que un día llame a su puerta. Espera, llora y comprende. A veces se levanta.

No hay nada más triste como mentirse a uno mismo.

Al loro del beef

Justamente cuando te pensabas que tu época adolescente ya acabó, te tomas literalmente dos unidades de cerveza y decides volver a ponerte a ...