Señor rana, hacía siglos que no venía a visitarle a su charca. ¿Se acuerda de la conversación que mantuvimos hará ya algún tiempo? Iba de ensaladas. Bueno, al final acabé hablando de macedonias. Bueno, que al fin y al cabo es lo mismo. Solo venía a comentarle lo difícil que es el zumo de tomate. Resulta que me gustaba. Fresquito, en verano, entra muy bien junto a las ensaladas. Y de postre, macedonia. Está siempre entre estos dos platos tan importantes, que incluso él parece importante. Pues sí, señor rana. Cuantísimo me gustaba.
Pues quería comentarle, cuantísimo estaba equivocada. Resultó que me confundí. Resultó que era verano y hacía mucho calor. ¿Parece lógico, no? Que llegara el verano y disfrutar de su fantástico sabor. Era consecuencia directa. Pues bien señor rana, el zumo de tomate resultó ser un farsante. Aún a pesar de estar en medio de dos platos tan sumamente magníficos como lo puede ser la ensalada y la macedonia, no valía lo que hacía parecer. Dependiendo de qué especias le echadas, acababa siendo algo rancio. Algo saborío. Sin sustancia alguna. Créeme señor rana, que hice el esfuerzo. Me lo bebía todos los días sin una sola queja. Luego empecé a dejarlo de lado. Llegaba la ensalada, y madre qué ensalada. Jugosa, de colorines, llena de ingredientes con alegría, con ganas (...)