Para ti, todo detalle de tu vida tiene
que ser perfecto. Los vestidos que luces, las sonrisas que regalas,
el tintinear de tu risa o incluso los guiños que profieres a los que
se merecen.
La vida no siempre es dulce ni amarga.
Hay amargos que saben mejor que otros.
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Y en estos mismos instantes en los
cuales ni siquiera las palabras de Saint Exupery son capaces de
tranquilizar a tu nervioso corazón, Joaquín te llama. No buscas
verlo, no puedes verlo, sabes que no va a ser verdad. Y aún así, te
asomas a la ventana. Ahí está, con su pelo revuelto, sus dientes
maltrechos y el brillante diente dorado que parece que se ríe de ti
cada vez que aparece en escena. Esta vez lleva entre los brazos un
montón de flores recién cortadas, aunque a la luz de la farola no
se vean, sabes que las acaba de arrancar de la urbanización de al
lado. Aún no has conseguido acostumbrarte a este tipo de presentes,
pero te siguen encantando. Es como si cada vez que Joaquín robara
algo para ti, te regalara un pedazo de encanto del mundo. Te guiña
un ojo de esa forma que tu conciencia sólo vuelve a ti una vez que
ya has bajado a sus brazos.
Y te besa.
Te besa con esos labios ansiosos, con
esos labios que te susurran que tú eres la única mujer en el mundo
que merece la pena, te muerden con la fuerza que otros no se han
atrevido a tener y sus manos te rodean como si quisieran secuestrarte
para siempre.
Pero sabes que no es así.
Sabes que no siempre vuelve cuando
promete. Sabes que jura mucho, y cumple poco. Por mucho que sus
gestos te hagan ver que eres la única, sabes que no es cierto. Pero
no te importa.
En ese momento se funden la luna y las
estrellas, y la única cosa que importa es Joaquín y su mirada.
Cuando Joaquín se va, algo se queda en
tu pecho. Restos de ese beso se acomodan en tu pecho y se niegan a
salir. Y aunque el calor es dulce, al final se vuelve agobio. En tu
pecho se sienta algo que se niega a levantarse, por mucho que llores,
por mucho que le grites y le digas que jamás volverá a ocurrir.
Tiras las flores a la basura.