Y llegado el puente, María no sabe qué
dirección tomar. Ha estado caminando durante días por un sendero
dorado, lleno de vida, donde cada bocanada de aire sabía a algodón
de azúcar, el sol calentaba su nuca y su sonrisa nunca se apagaba.
Las cosas eran bellas por esos parajes. No se parecía en nada al
sombrío lugar que había dejado hacía tiempo atrás. Por primera
vez en su vida se sentía dichosa, pero notaba que algo la empujaba a
avanzar. A volver a cambiar de lugar, a seguir explorando. El algodón
de azúcar le seguía sabiendo bien y sabía que echaría de menos
poder andar descalza por esos caminos de tierra blanda y olor a
salmón. Notaba como si esa cosa le metiera prisa, un nudo en su
pecho le acuciaba a caminar más rápido, a dirigir su mirada al
horizonte, a no sentirse contenta con lo que ya tenía. Dejaba atrás
muchas cosas, recuerdos cristalinos y puros que siempre guardaría en
su corazón, lagartijas feas que había recogido por el camino,
trozos de un mundo que le había cambiado, le había transformado en
lo que ahora era.
María se apoya en la barandilla y
observa el cauce del río. Lleva mucho caudal, y le salpica en las
mejillas. A lo lejos ve un pato, empujado por la corriente, que se
dirige hacia ella. El pato no hace ningún movimiento, se deja llevar
por la corriente, como si le importara muy poco dónde le lleva. No
parece asustado, ni con ganas de salir del río, simplemente sortea
alguna piedra que se interpone en su camino. En el camino que le
ofrece el río.
A María le gustaría ser como el pato.
Le gustaría poder dejarse llevar, no cuestionarse dónde ir, no
preguntarse a diario dónde acabará el camino. Le gustaría poder
sortear con facilidad los obstáculos que se interponen en su camino,
y dejarlos atrás cómo si jamás hubieran ocurrido.