Señor Rana, ¡cuánto tiempo ha pasado! La última vez que hablamos estuvimos haciéndolo sobre el gazpacho. Menudo festín nos metimos. Todavía me repite la acidez de ese tomate, como si fuera ayer que me lo hubiera bebido. Pero, ¿no ha pasado ya lo suficiente, señor Rana?
Resultó que aprendí a cocinar, y quería dejárselo claro. Ya hago de todo, desde un risotto con setas hasta una buena tortilla de patata. Hago acelgas, hago borrajas, preparo lentejas para toda la semana. Me encantan los platos realmente cocinados, aunque a veces toque hacer dieta y comer un simple filete de pollo a la plancha con lechuga mustia.
Pero ya no importa, ¿sabe, señor Rana? Aprendí a diferenciar entre la macedonia y la ensalada. Puede engañar a simple vista, dependiendo si eres más fan de la fruta o del primer plato. Aprendí que hay que saber cocinar y que te cocinen. Que a veces la comida queda muy salada, o algo sosa, pero que sólo es una oportunidad de aprender. Que hay que seguir haciéndolo. Me di cuenta que me gusta todo, desde la aburrida manzana al exótico mango, pero que no hay que quedarse en las frutas.
Que hay que seguir probando, sin cesar. Cocinando y cocinando. Y que muchas comidas que en su día te parecían una maravilla, quedan atrás. Porque el kebab de carne ya no sabe igual. Ni el arroz tres delicias. Ni el brownie de chocolate blanco.
También quería compartir con usted que la vida no solo es comer. Que estar a dieta un par de semanas no profetiza el fin del mundo, y que hay gente que vive con menos y no se muere de hambre. Que ahí afuera hay tomates de todos los colores y formas.
Gracias señor Rana por volver a compartir un día más esta comida conmigo. Quizás en un futuro podamos compartir otra cosa, como un paseo por el parque, el humo de un cigarrillo a media noche o una partida al billar.
Le quiero, señor Rana.