lunes, 3 de octubre de 2011

Lunes, 3 de Octubre


Hoy ha sido un día muy bonito. Por fin Anita podía salir a dar un paseo después de su largo encierro. La neumonía la había postrado en la cama durante varios días; y debido a su corta edad, necesitaba más descanso que cualquier miembro de la familia. No importa. Unos cuantos días más de mimos, de leche caliente con miel y panecillos rellenos de crema; y lista para volver a salir a correr. Su recuperación ha coincidido con el inicio de la primavera y mi regalo ha sido una corona de flores recién cortadas.

Me encanta su pelo cuando corre. Decenas de tirabuzones dorados bailan a merced del viento cuando lo hace. A veces se cae al suelo, y se lastima un poco, pero al hacerlo, briznas de hierba quedan enganchadas en sus bonitos rizos. Le ayudo a levantarse y me aseguro de que respira bien. Recojo su pelo con una cinta roja y la dejo marchar de nuevo. Pobrecita, hacía mucho que me suplicaba que la dejara salir.

Me siento en un banco y me pongo a pensar. En cuando yo tenía las ganas de correr durante toda la mañana sin cansarme. De observar las nubes tirada en el suelo. Bueno, realmente no fue del todo así. De pequeña, tenía que trabajar en casa, cuidando de mis hermanos pequeños. Madre salía pronto de casa, a trabajar. De padre nunca supe nada. Madre contaba que murió, en una horrible guerra, luchando porque nosotros viviéramos en un mundo mejor. Las vecinas aprovechaban cualquier situación para contarme que eso no era cierto. Decían que padre había abandonado a madre porque ésta era poca mujer para él. Nunca supe muy bien qué significa esto. Madre me aconsejó un día que no debía escucharlas. Aprendí a ponerme las manos en las orejas y cantar a voz de grito la canción del circo. Aprendí a cantarla muy bien. Era la canción que siempre tocaba el circo cuando venía a la ciudad. Nunca podíamos permitirnos ir a verlo, pero un día madre apareció en casa con dos entradas. Dejamos a Miguelito y Bernabé con una de nuestras odiosas vecinas y fuimos a verlo. Suerte que el pobre Bernabé sufría de algo de sordera y no podía oír del todo las envenenadas palabras de la vecina. Miguelito ya era grande y procuraba no escucharla de todos modos.

El día del circo fue maravilloso. Una lágrima moja mi delantal cada vez que lo rememoro. No importa, no es de tristeza. Recuerdo que madre ahorró para comprar un algodón de azúcar. Jamás había probado algo tan delicioso. Nos los comimos antes de que empezara la función. Y mientras intentaba despegar un trozo de mi pelo, las luces se apagaron y empezó la música. Un trapecista voló por encima de los espectadores. El público ahogó un grito al verlo superar un salto extremadamente complicado. Más tarde aparecieron los domadores de leones. Después de la función salí gritando que quería ser domadora de mayor, pero madre me convenció que eso era un trabajo de chicos. Que era mucho más bonito ser la bella trapecista que pasea encima del elefante, con su traje lleno de lentejuelas, deslumbrante a la luz de los focos, y hermosa como una princesa traída de Oriente. Consiguió convencerme de ello, pero al rato me miró a los ojos y me dijo que yo podía ser lo que quisiera. Después, me besó en la frente. Creo que no podré olvidar jamás aquel beso azucarado.

Volvimos a casa, y recogimos a Miguelito y Bernabé de las garras de aquella vieja arpía. Al menos no nos podíamos quejar de que los hubiera alimentado mal. Cada vez que dejábamos los dejábamos con Doña Dolores, volvían a casa con la cara manchada de chocolate, nata y mermelada y el estómago lleno de los mismos. Madre nos acostó y nos cantó la nana de todos los días. Yo me quejaba de que ya era mayor para esas cosas, pero dormía con mis hermanos y tenía que aguantarlo. Madre también dormía con nosotros, pero esa noche tenía que hacer el trabajo que no había hecho por llevarme al circo.

Anita se vuelve a caer, y voy hasta a ella para ver si se encuentra bien. Antes de llegar, ya se ha levantado y me hace la burla sacándome la lengua. Consigo atraparla para ponerle bien la camisa y arreglarle los rizos, pero vuelve a escaparse detrás de su amigo Carlos.
Vuelvo a mi banco y a mis pensamientos. Recuerdo el día del circo como un día muy bonito, pero también recuerdo que la mañana siguiente no fue nada bonita. Recuerdo despertarme y oír ruidos extraños, ruidos que no conseguía ubicar. Me levanté corriendo en busca de madre, pero no estaba a mi lado. Pensé que había salido a trabajar temprano, para recuperar el trabajo perdido ayer. Nada más salir choqué con un señor de uniforme y grandes botas negras. Recuerdo esas botas. Olían a cuero y betún. Olían a malas noticias. Doña Dolores también estaba en la habitación y algunas marujas de mi edificio. Levanté la vista y ví que esas botas negras estaban pegadas a un señor. Un señor de bigote. Miré a Doña Dolores, expectante. Ésta se llevó las manos a la cabeza y se echó a llorar. Pobres criaturas, sollozaba. Tan pequeños en el mundo y abandonados de nuevo. Yo no entendía nada. De pronto apareció el pequeño Bernabé y me tiró de la manga. Siempre hacía eso cuando madre no andaba cerca. De pronto, comprendí. El señor del uniforme me agarró por los hombros y me acercó a Doña Dolores. Ésta me acarició la cara con el índice y volvió a sollozar.

Hace treinta años desde esa mañana de enero. Doña Dolores nos adoptó a Bernabé y a mis hermanos. Trabajé desde el primer día cuidando de sus nietos, primero como una prima lejana y más adelante como una criada. No me importa, he sido feliz. Bernabé mejoró de su sordera y Miguelito se hizo todo un hombre. Los dos ahora son ganaderos y la señora les dejó independizarse. Yo en cambio, preferí quedarme en la casa. Cuidando de niños que no son míos, como lo hice en su día con mis hermanos. Sólo que a veces sueño con que soy yo la que lleva ese traje de luces, sobre el lomo del elefante, saludando a todo el público.

Anita vuelve a caerse. Suspiro. Apoyo las manos en mis caderas y sonrío.

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