miércoles, 7 de diciembre de 2011

A la pequeña Pandora se le da bien guardar secretos. Tiene sólo dos amigos de fiar, ella misma y su pequeño diario, en el cual anota sus fechorías, sus más obscuros pensamientos, su infinitud de sensaciones hacia el mundo que la rodea. A veces no le cuenta todo a su segundo amigo, ya que es incapaz de describirlo. Esa multitud de impresiones, plasmadas imposiblemente en el papel, la embriagan, y le hacen andar en círculos. Problemas sin solución, preguntas sin respuesta e ideas desordenadas. Cosas que jamás deberían ser sentidas, pequeños impactos en cada parte de su alma, que posteriormente dejan una breve marca. Una marca que queda perfilada. Un sello.




La pequeña Panda abre una botella, y toma un largo trago. Encuentra un par de pastillas en su bolso y se las traga. Bebe de nuevo. Aspira una calada a su casi acabado cigarrillo y se vuelve a tumbar en la cama. Toma la foto de la mesilla y la observa largamente.





La rompe en pedacitos y los deja caer sobre su cara.





Asiente.





Da la vuelta a la almohada y se echa a dormir. 




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