Igual que cuando llegas al epílogo de una gran novela. Te resistes a soltar el libro, te agarras a él firmemente, intentando leer muy despacito, disfrutando de cada frase, de cada palabra. Pasas las páginas con cuidado, escuchando sus murmullos, acariciando el papel, disfrutando de su olor. Es cierto que ya no huele como cuando lo compraste, pero ese olor ha sido sustituido por otro mucho más agradable, un olor familiar. Un aroma que te embriaga en cuando lo abres.
Pero quedan poquitas páginas. Hace días que lo pensabas, al tacto parecía que quedaban más, todas unas encima de las otras, apretaditas, formando un buen tocho. Pero has ido leyendo vorazmente, tragando sin deleitarte, sin saborear, pensando que nunca se acabaría.
Y sí, amigos, se acaba. De hecho, ya sabes el final. Es lo que tienen los epílogos, el desenlace ya lo has leído. Ya sabes lo que ha pasado. Ya conoces quién muere y quién vive. Fulano mata a Megano. Menganita acaba con Fulano. Y Fulanita vive sola por el resto de sus días. Feliz, dicen. El epílogo sólo sirve para saciar la sed de los lectores de saber algo más. Mera curiosidad. Tiene que haber algo después del "vivieron felices y comieron perdices".
A veces estiramos tanto el epílogo que nos sabe a rancio, como si fuera irreal, incoherente. Lo leemos y lo releemos con la esperanza de que aunque sigamos pasando páginas, el cuento nunca acabará y que de alguna manera conseguiremos ser parte del cuento y manipularlo a nuestro antojo.
Tiramos de él hasta que se deforma. Ya no es el libro apasionante que nos fascinó. Ahora es un simple ladrillo en el bolso. Un peso más en la espalda cansada. Algo que acabará cogiendo polvo.
Junto a los otros.
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lunes, 14 de julio de 2014
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