domingo, 24 de abril de 2016

Va de nada (II)

Señor Rana, siempre recurro a usted en momentos difíciles.

Pues mire, resultó que al aprender a cocinar, descubrí que me encantaba comer. Y claro, no te gusta comer cualquier cosa. Te gusta comer cosas exquisitas. O a veces no tan exquisitas, aunque lo puedas pensar. Mucha hamburguesa. Eso sí, con rulo de cabra y mermelada de arándanos.

Y pasó lo inevitable señor rana. Me engordé. Me engordé tonta e increíblemente, hasta el punto de pensar que jamás sería capaz de desandar el camino porque ya me lo había comido. Eso no son como las baldosas amarillas de El Mago de Oz sino más como la casita de galleta de Hansel y Gretel.

Me engordé y me di cuenta que había comido mucho dulce. Que el dulce esta bueno, ¿verdad señor Rana?, pero que hay que controlarse. Que no es oro todo lo que parece, más bien acaba siendo siempre un plátano. Un plátano a veces más maduro, que te hace ir al baño de una manera que lo flipas. Merde, que dirían los franceses.

Así que me metí a un gimnasio. Nunca había sido partidaria de estos lugares, pero le di una oportunidad.

Me di cuenta que había estado engañada todo este tiempo. Que realmente las hamburguesas no me iban a hacer feliz, que eran momentos de felicidad que luego dejaban el amargor y el mal aliento del queso. Por muy feliz que me hicieran momentáneamente, la felicidad no prevalecía.

Que merecía más la pena levantarse a las seis de la mañana y pelear por un cuerpo sano.

Pelear a diario.

Y comerte el mundo de otra manera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Al loro del beef

Justamente cuando te pensabas que tu época adolescente ya acabó, te tomas literalmente dos unidades de cerveza y decides volver a ponerte a ...