Ella era simplemente una chica gordezuela que solía pasearse entre las faldas de la abuela pidiéndole la merienda. A veces era pan con chocolate y otras era pan con queso.
Entonces ella no lo sabía, pero iba a cambiar el destino del mundo. Ella iba a ser la heroína que derrotara al mal en la tierra. La que haría huir a los demonios con sólo un chasquear de dedos o unas pocas palabras.
Sí, esa era ella. La que una mirada haría que toda la humanidad se arrodillara ante ella. Y no por soberbia, sino a oleadas de humildad. Ella podría con todas las enfermedades, acabaría con la pobreza, erradicar la injusticia.
Pero ella les había traicionado. Se había dejado llevar por los pequeños placeres inmediatos y había olvidado cual era el objetivo final. Derrotar al demonio. Acabar con el mal.
Y lo sabía y le reconcomía por dentro. Había olvidado su promesa. Había olvidado su sufrimiento.
Ya no era la heroína que todos esperaban.
Era su propia heroína.
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