jueves, 7 de junio de 2018

Rose

Rose estaba un poquito harta ya de todo lo que le rodeaba.

Notaba que su cuerpo estaba cansado. El estrés diario recordaba a su cuerpo el lumbago que de vez en cuando la solía amargar durante las noches de verano. Había conseguido huir de aquel nido de señoros machitos que siempre tenían un comentario que le amargaba la mañana. Parecía que había encontrado un sitio donde la respetaban y reconocían su trabajo y sobre todo donde no tenía que soportar perlas del estilo de:

- Yo en mi casa soy como una mujer cualquiera, friego, barro y ayudo a mi mujer en todas las tareas.
- ¿Unas conferencias sólo dadas por mujeres? Y eso qué público va a tener, ¿un montón de lesbianas? Jejejeje...
- Para algo hemos contratado a Rose <codazo entre machitos>, alguien tiene que entender de colores, ¿no?

Y para de contar.

Cada día llegaba a casa y se quitaba las zapatillas deseando que alguien le diera un buen masaje en los pies. Al menos no llevo los zapatos de antes, pensaba. Se sentaba en su sofá al lado de sus dos bolitas peludas y se ponía cualquier cosa en Netflix. Algunas veces leía.

Hacía poco que se había aficionado a libros de feminismo. Después de la gran manifestación que hubo en España el día de la mujer, había decidido que tenía que formarse. Que sólo leer tuiter no servía.

Y tanto que no servía. Nada más abrir la aplicación la primera en la frente.

¿Dónde están esas feminazis que tanto piden la partidad ahora que tenemos un consejo de ministros mayoritariamente femenino? Más o menos es lo que rezaban algunos tuits.

Le daban ganas de coger la lámpara de lava que tenía a su derecha y estamparla contra la pared más cercana. Aunque realmente lo que quisiese fuera estampársela en la cara del autor del tuit.

Rose había ido aprendido poco a poco. Siempre se había considerado feminista, aunque poco a poco visualizaba actitudes que siempre había tenido, muchas de ellas ahora las odiaba. También las visualizaba en personas de su entorno más cercano y eso la afectaba también. ¿Cómo de repente no estar cómoda con determinados chistes? ¿Qué pasa con esa canción que tanto le gustaba y ahora le resultaba odiosamente asquerosa?

Rose se abre una cerveza y sigue pensando en ello. Lo peor es recordarlo de todo.

Recordar que es una cosa que siempre ha estado ahí. Como la suciedad de entre los cojines del sofá. Como las pelusas de debajo de la cama. Que de normal no lo ves, sólo hasta que se te cae una moneda o tienes que meterte debajo a buscar algo. Sólo se ve cuando metes la mano.

Comportamientos que han estado siempre ahí. En su familia, en sus amigos, en su trabajo. En la persona que menos esperas.

Como infravalorar a una mujer.

Que nadie cuestione cómo ha llegado a una posición de alto nivel.

Suponer que sólo entiende de moda.

Privilegios de macho que se niegan a aceptar.

Como poder volver sola a casa sin necesidad de llevar las llaves en la mano.

Como poder salir a bailar con una amiga sin tener que soporta la mirada de varios cromañones encima.

Como poder estar hablando con alguien en una discoteca sin que te pregunte porqué sales sola sin tu pareja.

Como poder viajar dos mujeres sin que todo el mundo se pregunte qué carajo hacen dos mujeres viajando solas.

Como que nadie cuestione tu condición de víctima violada simplemente porque no te resististe.

Porque no hiciste todo lo posible en tu violación. Porque no fuiste asesinada.

Rose se cabrea, y se acaba su cerveza.

Hoy toca ver Glow.

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